martes, julio 03, 2007

Porque el Señor al que ama, disciplina.

Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?

–(Hebreos 12:6-7)


Hoy día existe un terrible malentendido entre los creyentes acerca del método de Dios para disciplinar a sus hijos. Algunos mencionan cierta clase de desastre, como un tornado o un accidente automovilístico, para decir: "Creo que Dios envió eso para enseñarnos algo".

¡No! ¡Él no lo hizo! Un Dios amoroso no envía muerte y destrucción a sus hijos para enseñarles algo. Él no desata su perro bravo para que nos muerda en la pierna y así aprendamos a usar nuestras botas.

¿Cómo disciplina Dios a los suyos? Lo hace con su Palabra. En 2 Timoteo 3:16-17 dice: "Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra".

En 2 Corintios 7 encontrará un ejemplo de esto. Allí el apóstol Pablo habla de una situación en la iglesia de Corinto que necesitaba ser corregida. La iglesia se había salido del camino.

¿Cómo lo hizo Pablo? Pues, no le pidió a Dios que enviara un terremoto para sacudir a los creyentes. Lo que hizo fue enviarles una carta en la que les reprochaba lo que habían hecho. Les dolió tanto que hubieran preferido mejor ser golpeados con un palo. El reproche les llegó al corazón y los llevó al arrepentimiento.

El Padre celestial le ama a usted y por eso lo disciplina, pero lo hará con instrumentos espirituales, no carnales. Dios usará el poder del Espíritu en su Palabra para disciplinar la incredul¬idad y purificar su espíritu de tal manera que usted no se sienta debilitado ni culpable, sino fortalecido.

Así que deje de inclinarse a los desastres y comience a someterse a la Palabra de Dios. Ríndase a la Palabra y deje que le corrija y que corte de usted la carne y la lujuria que lo hacen desviarse. Recuerde, la espada del Espíritu es de dos filos: uno es para Satanás y el otro para usted. Deje que Dios la use para guardarlo a usted en el camino correcto.
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