miércoles, noviembre 07, 2007

Lo alto, lo bajo.

La siguiente crónica del escritor cubano Luis Bernal Lumpuy es la tercera del diario de su viaje por tierra desde Costa Rica hasta los Estados Unidos de América en marzo del 2007:

«Salimos a las dos de la tarde de la estación de autobuses de Tapachula, en la frontera sur de México, con destino a Tuxtla Gutiérrez, capital del estado de Chiapas. A lo largo de la excelente autopista hay muchos poblados pintorescos.

»Casi al anochecer el autobús comenzó a subir por una carretera serpenteante entre montañas selváticas, con abismos exuberantes. Es un paisaje más espectacular de lo que he visto tantas veces en el Cerro de la Muerte, en la carretera de Costa Rica a Panamá, y de lo que vi una vez en las Montañas de Fuego del Timanfaya, en Lanzarote, Islas Canarias.

»La angosta carretera va subiendo hacia las cumbres, y el motor del autobús se esfuerza por llevarlo lentamente, mientras abajo se contemplan los abismos profundos cubiertos de bosques. El paisaje impresionante de esa zona provoca en algunos admiración y en otros miedo.

»El ascenso duró más de media hora, y después, poco a poco, el autobús fue bajando hacia el valle. Doce horas más tarde, cuando despuntaba el alba, nos acercamos a la portuaria ciudad de Veracruz, frente al Golfo de México.

»Ese panorama de la naturaleza virgen, de las cumbres y de los abismos, me ha llevado a considerar algo parecido en nuestra vida. Cuando, después de un largo esfuerzo, llegamos a la cúspide de nuestros éxitos y hazañas personales, es bueno que volvamos la mirada a los abismos insondables de nuestras debilidades y pasiones que pueden llevarnos al fracaso. Y es también importante que, al llegar al valle de la vida real en que nos relacionamos con nuestros semejantes, recordemos que no siempre vamos a estar en la cumbre, y las alturas no deben hacernos arrogantes.

»No debemos menospreciar a los más pobres ni envidiar a los más ricos. No debemos considerar como inferiores a los que saben menos ni adorar a los que saben más. Unos y otros pueden alcanzar las cumbres y despeñarse también por los abismos. Y sobre todo necesitamos en las cumbres pensar en quienes permanecen en el valle, y comprenderlos y amarlos a pesar de nuestras diferencias.» 1

Bernal Lumpuy tiene razón, no sólo porque lo ha aprendido por experiencia, sino también porque la Palabra de Dios apoya ese punto de vista de principio a fin. Dios nunca ha tolerado la arrogancia. Al contrario, la considera, en sentido negativo, como un complejo de superioridad, es decir, un mal del que necesitamos curarnos.

Una de las formas más eficaces de curarnos de ese mal es reconocer cuán insignificantes somos a la luz de la grandeza de Dios, tal como nos lo recuerda el Salmo 95. Allí el salmista, tal vez luego de un viaje parecido al del poeta Bernal Lumpuy, nos anima a que aclamemos a Dios:

Porque el Señor es el gran Dios,
el gran Rey sobre todos los dioses.
En sus manos están los abismos de la tierra;
suyas son las cumbres de los montes.
Suyo es el mar, porque él lo hizo;
con sus manos formó la tierra firme.
Vengan, postrémonos reverentes,
doblemos la rodilla
ante el Señor nuestro Hacedor. 2

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